Ver el álbum familiar de fotografías es asomarse a la ventana del tiempo. En una antigua, descolorida y diminuta foto; mi bisabuela posa sentada pacientemente, con los ojos cerrados por el sol. De pie, Ana, mi madre, inclinada hacia ella como si pudiera abarcar la distancia de dos generaciones. Frente a ellas el fotógrafo. Al fondo, la pared caliza y rústica de la casa del Pueblo donde vivíamos todos .A su alrededor piso de tierra, polvo, aún sin calles adoquinadas.
En esa misma tierra, siendo muy pequeño plantaba inútilmente mis semillas de sandía. Conocía la magia que poseen y quería ver aparecer la vida. Las regaba unos días, sin tener en cuenta la estación del año, ni recordar donde las puse con exactitud. Nunca echaron raíces, pero es bueno recordar que las famílias sí las tienen, y muy profundas, hasta donde la memoria no alcanza ni llega el recuerdo de las generaciones. Las conoce el tiempo que se oculta detrás de esa pequeña foto.
Cuando comía esta fruta de verano, inevitablemente me tragaba alguna de sus pepitas y ese hecho, en el mundo de la infancia se percibía como inquietante. ¿Qué consecuencias tendría si germinaban en mi barriga? .Me venía el recuerdo de un cuento, en el que judías creciendo desmesuradamente alcanzaban el cielo.
Hoy leyendo a Cortázar evoco ese miedo infantil:”Todo cuento perdurable, es como la semilla donde estaba durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros y dará su sombra en nuestra memoria”.
Vuelvo a observar la foto de Ana María; no llegué casi a conocerla, pero ahora sé que alguna parte suya ha crecido en mí.
Hemos surgido a la luz desde la multitud de sombras de un bosque antiguo.
José Fernando

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